Los países con secuelas nucleares por las 2.481 pruebas realizadas desde 1945: uno acumula 450 explosiones
Desde 1945 se han realizado casi 2.500 pruebas nucleares en distintos puntos del planeta. Aunque muchas se realizaron en lugares remotos, sus efectos siguen vivos en cuerpos enfermos, tierras contaminadas y secuelas psicológicas de los afectados.


Durante más de ochenta años, el ser humano ha detonado bombas atómicas en nombre de la ciencia, la seguridad nacional y la supremacía militar. Desde el desierto de Nuevo México hasta los atolones del Pacífico, pasando por la tundra kazaja y el Sáhara argelino, más de 2.000 explosiones han sacudido el planeta. Aunque la mayoría fueron activadas lejos de los núcleos urbanos, sus consecuencias han viajado con el viento, se han filtrado en el agua y han mutado en los genes de seres vivos que jamás estuvieron cerca del epicentro.
2481 pruebas nucleares documentadas
Todo comenzó el 16 de julio de 1945, cuando Estados Unidos hizo estallar la primera bomba nuclear en el desierto Jornada del Muerto, Nuevo México. La prueba, conocida como Trinity, formaba parte del Proyecto Manhattan y tuvo lugar tres semanas antes que los bombardeos sobre Hiroshima y Nagasaki. Desde entonces, la carrera armamentística se aceleró: Estados Unidos realizó 1.129 pruebas hasta 1992; la Unión Soviética, 981; Francia, 217; Reino Unido, 88; China, 48; India y Pakistán, seis cada uno; y Corea del Norte, otras seis. En total, casi 2.500 explosiones que liberaron más de 540 megatones de energía, el equivalente a 36.000 bombiccwin247.como la de Hiroshima.
Aunque muchas de estas pruebas se realizaron en zonas deshabitadas, sus efectos se extendieron mucho más allá de los perímetros de seguridad. La lluvia radiactiva ha sido responsable de una contaminación persistente. En los años cincuenta y sesenta, Estados Unidos llevó a cabo pruebas en Nevada que afectaron a comunidades enteras en Utah, Arizona y Nuevo México. Mary Dickson, dramaturga y activista, creció en Salt Lake City. “Nos enseñaban a cubrirnos bajo los pupitres, pero nadie nos dijo que el verdadero peligro venía del cielo”, relató en una entrevista con NPR. Su hermana falleció de lupus, ella sufrió un cáncer de tiroides, y su vecindario está lleno de historias similares. “La Guerra Fría nos convirtió en daños colaterales”.
Del Pacífico a Kazajistán
En el Pacífico, las Islas Marshall fueron escenario de 67 pruebas nucleares entre 1946 y 1958. La más potente, “Castle Bravo”, fue mil veces más destructiva que Hiroshima. La explosión fue tan intensa que incineró atolones enteros y obligó a evacuar a miles de personas. Un estudio de la Universidad de Columbia reveló que los niveles de radiación en Bikini y Enewetak eran hasta mil veces superiores a los registrados en Chernóbil en 2019. Además, se documentaron muertes masivas de peces por ondas de presión que rompían sus vejigas natatorias, dejándolos incapaces de nadar. En algunos casos, aparecían flotando en la superficie, con los ojos quemados, a cientos de kilómetros del lugar de la detonación.
En Semipalatinsk, Kazajistán, la Unión Soviética realizó más de 450 pruebas nucleares. Hoy, la región es un ejemplo de los efectos de la radiación con malformaciones en animales, tasas elevadas de cáncer y suelos estériles. En los años ochenta, científicos soviéticos descubrieron que los ratones nacidos cerca del lugar de las pruebas presentaban alteraciones cromosómicas que se mantenían durante generaciones. Algunos mostraban resistencia a infecciones víricas. Esto abrió el camino a estudios sobre mutaciones inducidas por radiación como posible vía de curación.
Los efectos a largo plazo también son devastadores
Los efectos inmediatos de una explosión nuclear incluyen quemaduras graves, ceguera, lesiones internas y muerte por colapso. Pero los efectos a largo plazo son igual de devastadores: cánceres, malformaciones congénitas, enfermedades autoinmunes y daños psicológicos persistentes. En Hiroshima, por ejemplo, se estima que 166.000 personas murieron al finalizar 1945. Muchos supervivientes, conocidos como hibakusha, sufrieron discriminación social y secuelas físicas y mentales. En 2016, el entonces presidente Barack Obama visitó Hiroshima. Sunao Tsuboi, un hibakusha que sobrevivió a la explosión con quemaduras en todo el cuerpo, le dijo: “No quiero venganza. Solo quiero que nadie más sufra lo que yo sufrí”.
Las pruebas nucleares también alteraron temporalmente la composición de la atmósfera. Afectaron a la capa de ozono y dispersaron partículas radiactivas por todo el mundo. Aunque no se sabe si esas pruebas influyeron directamente en el cambio climático, se han detectado alteraciones en patrones meteorológicos y en la radiación solar que llega a la superficie terrestre. Adeline Marcos, periodista científica de SINC, señala: “Las bombas lanzadas modificaron temporalmente la composición de la atmósfera. Aunque los efectos no fueron permanentes, sí dejaron huellas medibles en glaciares, sedimentos marinos y anillos de árboles”.
La última prueba, en 2023
Desde 1996, el Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares (CTBT) busca erradicar estas pruebas. Sin embargo, aún no ha entrado en vigor: países clave como Estados Unidos, China, India y Pakistán no lo han ratificado. Cada 29 de agosto, la ONU celebra el Día Internacional contra los Ensayos Nucleares. Alicia Sanders, portavoz de la Campaña Internacional para Abolir las Armas Nucleares (ICAN), lo resume así: “Los efectos de las pruebas nucleares sobre el medio ambiente prácticamente duran para siempre”.
En 2023, Corea del Norte realizó su sexta prueba nuclear. Y aunque ya no existe el ritmo frenético de pruebas de hace sesenta o setenta años, el riesgo persiste. Y aquellas explosiones del pasado siguen provocando enfermedades y contaminación. Como dijo el físico Joseph Rotblat, único miembro del Proyecto Manhattan que renunció por razones éticas: “La humanidad debe elegir: acabar con la guerra o la guerra acabará con la humanidad”.
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