Málaga 2030, las claves de un ridículo Mundial
El trasfondo de que Málaga haya renunciado al Mundial es el dineral que cuesta reformar La Rosaleda por encima de la supervivencia del club. Un ridículo Mundial.


Los políticos son unos maestros en el arte de vender como éxitos rotundos la resolución de problemas que ellos mismos han creado. Esa es la sensación de deja la renuncia de Málaga a ser sede del Mundial de 2030, que la razón principal no es salvaguardar la supervivencia del Málaga (que podría perder más de 30 millones de euros si se trasladaba durante las obras de La Rosaleda a un recinto, el Ciudad de Málaga, con la mitad de aforo) sino lo inasumible de una reforma sin sentido en su planteamiento y presupuesto desde el minuto uno.
La Rosaleda es propiedad de Ayuntamiento, Diputación y la Junta de Andalucía desde 1992 en que desapareció el Club Deportivo Málaga y asumieron la entonces tremenda deuda de 450 millones de pesetas (2, 745.000 euros) para evitar que el Banco Hipotecario lo demoliera para promover la construcción en su solar.
Dicha deuda la contrajo el fenecido club malacitano para acometer obras con motivo del Mundial de 1982 donde jugaron Escocia, la URSS y Nueva Zelanda. El Málaga no supo gestionar aquella deuda y la incompetencia de sus sucesivos dirigentes engordó la roncha hasta hacerla inasumible. Desde entonces se han hecho un par de arreglillos, uno en 2006 y otro interior en 2010 con la llegada de Abdullah Al Thani a la propiedad del club. Apaños insuficientes para un estadio que se ha quedado bastante obsoleto.

Cuando se conoció que España sería sede del Mundial 2030 junto con Portugal y Marruecos Málaga se lanzó alegremente a por el reto de ser sede. Argumentos no faltaban ni faltan. Todos conocer el atractivo de la Costa del Sol, su oferta hotelera o el hecho de que su aeropuerto es el tercero con más tráfico de España solo por detrás de Madrid y Barcelona.
Todo muy bonito. ¿Y el estadio? FIFA exige para albergar tan magno evento una maravilla cinco estrellas con capacidad para 45.000 espectadores y todo lujo de detalles interiores como vestuarios, sala de prensa, sala antidopaje, salidas de emergencia, zonas de movilidad o lugares para cámaras de los que no dispone. Además, un hotel anexo, 2.000 plazas de aparcamiento y adecuar los accesos.
Las instituciones aceptaron el reto con desparpajo y amparadas en los beneficios que llegarían en concepto de retorno. José María Arrabal, entonces secretario para el Deporte de la Junta, se jactaba de la gran capacidad de Andalucía para acoger grandes eventos deportivos como Copa Davis, finales de Copa, Supercopa de España… ¿Qué podía salir mal con el Mundial?
Un regalo envenenado
Para arrancar el proyecto se difundió la resultona maqueta de una futura Rosaleda y en marzo de 2023 se puso sobre la mesa un presupuesto inicial de 70 millones de euros.Pero no se tuvieron en cuenta dos cuestiones primordiales. La primera, que el estadio está situado en una zona que hace muy difícil su ampliación. No se puede estirar porque está limitado por el cauce del rio Guadalmedina. Hacer cualquier otro apaño, como girarlo, supondría un cambio radical en la orografía de la zona. Y la segunda… ¿qué hacemos con el Málaga?
Francisco de la Torre, alcalde de la ciudad, se vino arriba y dijo que la reforma de La Rosaleda se haría “aunque Málaga no sea sede del Mundial”. Este punto es importante para cuando lleguemos a la parte crepuscular. Porque el tiempo pasaba y los avances eran en el presupuesto. De las 70 millones de euros iniciales se pasó a 271 que las instituciones cubrirían a partes iguales. Hubiera sido mejor hacer otro estadio, Pero eso no se planteó.

El Ciudad de Málaga
El Ciudad de Málaga es un estadio concebido para el atletismo con capacidad para 7.500 espectadores. Aunque tiene césped y porterías de fútbol ahí no se pueden jugar ni partidos de regional. Como excepción llegó a acoger un España-Tonga de rugby. Ese fue el lugar donde jugaría el Málaga mientras durasen las obras de La Rosaleda. De la Torre aseguró que se podría conseguir una capacidad de 26.000 o 27.000 personas.
Ese recinto también necesitaba unas obras no solo para ampliar las gradas sino para ajustarlo al fútbol profesional. El presupuesto inicial, 20 millones de euros. Más de lo mismo. De 27.000 se pasó a 20.000. Hasta que la semana pasada Borja Vivas, concejal de Deportes se comió el marrón de comunicar que solo se podría llegar a 12.500 espectadores. El canto del cisne.
¿O Mundial o Málaga?
Y ahí saltaron todas las alarmas. La afición del Málaga se irritó porque todos no podrían acceder y el club entró en gabinete de crisis porque estaba en juego nada menos que su supervivencia. Para terminar de enredar, el Unión Malacitano, equipo trasladado desde Murcia a Málaga con la pretensión de ser el primero de la ciudad sobre las cenizas de un Málaga masacrado por la inacción de Al Thani y definido por De la Torre como “un plan B”. La bola de nieve crecía y las peñas no salían de su estupor.

Con la salida de Arrabal de la Junta en noviembre de 2024 las cosas empezaron a ser otras. Llegaron los tambores de retirada cuya verdadera razón no es velar por el primer club de la ciudad. Eso no cuela. La realidad es que el coste de las obras es inasumible. Los citados 271 millones podrían ser aun más. Ruina. Tal es el desproposito que han convertido en impopular un proyecto que era bueno no solo para la provincia sino para toda Andalucía. Un bochorno en toda regla.
Y ahora llega lo del nuevo recinto deportivo, que tiene cartón. El alcalde dijo que el plan sigue adelante. Pero no hay fecha ni ubicación ni plazos. Solo un recado del primer edil entre líneas. “Puede venir un nuevo propietario que haga el estadio”. Podemos esperar sentados, aunque la Rosaleda se caiga a pedazos.
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