Tócala otra vez, Asier
En Bilbao queremos mucho a Villalibre. Si pienso en las razones, se me ocurren decenas...


Toda grada tiene sus jugadores predilectos. Algunos conquistan el aplauso general a fuerza de regates, goles imposibles o récords. Pero hay amores que no responden a la pura aritmética, y cuyas raíces son más profundas. El cariño de la grada parece a veces inescrutable. ¿Por qué la afición muestra más afecto por un jugador que por otro? El corazón tiene razones que los números no entienden.
La historia del fútbol está llena de jugadores que pasaron media vida en un mismo club y no dejaron huella ninguna. Nadie les echó en falta cuando cambiaron de camiseta o la colgaron definitivamente. Los hay, sin embargo, que siempre estarán presentes en el corazón del aficionado, aun a pesar de que quizá nunca fueron los más brillantes sobre el césped. Sin haber firmado unos registros espectaculares, por alguna razón se ganaron el amor de los suyos. Su grandeza no se ve en la tabla de máximos goleadores, pero se inscribe en la memoria emocional de la gente.
En Bilbao queremos mucho a Asier Villalibre. Si pienso en las razones, se me ocurren decenas. Goles importantes y actuaciones clave, por supuesto. Pero también su carácter irreducible, su comportamiento dentro y fuera del campo, su vena cultural y musical, su campechanía y, por supuesto, su particular estilo, tan alejado de la horterada general que gobierna el fútbol de élite. Aunque de todas ellas, quizá la más importante es que llegó a la élite, pero nunca pareció olvidar de dónde venía. No se transformó ahí arriba, y siempre transmitió la sensación de ser uno más, un representante del pueblo, para el que jugaba, para el que tocaba.
El lunes, cuando vi el resultado del Racing con los dos goles del búfalo, sentí una enorme alegría. Estoy convencido de que no soy el único en Bilbao que sintió lo mismo. Ojalá la temporada del Racing culmine con el sonido de su trompeta en el Sardinero.
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Alguien podría pensar que Villalibre no triunfó en San Mamés. Quizá hasta el propio jugador haya llegado a rumiarlo en algún momento oscuro. Pero qué error sería creerlo así. Villalibre alcanzó en Bilbao el mayor de los títulos: el especial cariño de su gente. Y no hay mayor triunfo que ser querido.
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