Muere Carlos Carnicero
El periodista zaragozano, colaborador de numerosos medios escritos y audiovisuales, ha fallecido a los 73 años en su domicilio de Madrid.


El periodismo viste de negro todas sus cabeceras. Carlos Carnicero ha cerrado los ojos para siempre a los 73 años en la capital de España, tal y como ha adelantado la Asociación de la Prensa de Madrid (APM) este martes a través de un comunicado vía redes sociales. Su trayectoria periodística, que discurrió por numerosos medios escritos y audiovisuales, se cuenta por décadas y contempla un abanico de formatos muy variados: desde comentarista político hasta presentador de televisión.
"Se ha ido en silencio, como vivió los últimos años con sus múltiples patologías y tras un viaje de recreo a Galicia. Viajar era su pasión, que disfrutó mientras pudo", se lee en el texto que el periodista Luis Díaz Güell le ha dedicado y que ha compartido la APM, cuya Junta Directiva “transmite su más sentido pésame a familiares, compañeros y amigos”.
▶️ Fallece Carlos Carnicero, uno de los grandes del periodismo D. E. P.
— APM (@aprensamadrid)
▶️ Necrológica sobre el presentador y director de programas televisivos y tertuliano radiofónico escrita por el periodista Luis Díaz Güell
▶️ La Junta Directiva de la APM transmite…
“Inquieto perseguidor de ideales y de noticias, de emociones y de lugares donde exprimir la vida”, escribe Díaz Güell en su texto de despedida, haciendo hincapié en el “carácter desbordante y tremendamente generoso que tenía”: “No quería nada para sí. Todo lo que tuvo lo utilizó para exprimir la vida al máximo, sin importarle si a él le quedaba algo”.
Trayectoria política
No fue el periodismo el único sendero que recorrió. Carnicero también desarrolló su carrera profesional en las lindes de la política durante los últimos años del Franquismo y los primeros de la Transición; su rostro se volvió símbolo del Partido Carlista al que representó y que, a su vez, estaba integrado en la Junta Democrática de oposición al régimen.
Siempre se consideró “de izquierda y en estado de rebeldía”. Poco a poco, varias enfermedades fueron apagando su luz. En sus últimos años vivió una vida tranquila en el centro de Madrid, dedicando las mañanas a tomar café en su bar de confianza y centrando sus esfuerzos creativos en la literatura, alejado de los ecos de su repercusión pública, política y periodística. En paz consigo y con el mundo, hacía de sus conversaciones con aquellos desconocidos que quisieran compartir mesa con él una inmersión en el baúl de los recuerdos de sus viajes por el planeta.
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